Cómo viajar a la luna en un globo hecho en casa. Por un tal Hans Pfaall


La luna dibuhada por Thomas Harriot en 1609

La historia más bella sobre los viajes del hombre a la luna no la escribió ni la NASA ni Julio Verne sino Edgar Allan Poe en 1835. En “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” el protagonista cuenta cómo viaja desde su Rotterdam natal hasta la superficie lunar en un globo fabricado por él mismo, con profusión de detalles técnicos y esa determinación que sólo conocen los locos, los conquistadores de nuevos mundos o los condenados.

Resulta casi inútil decir que, apenas hube comprendido la verdad y superada el terror que había absorbido todas las facultades de mi espíritu, concentré por completo mi atención en la apariencia física de la luna. Se extendía por debajo de mi como un mapa, y, aunque comprendí que se hallaba aún a considerable distancia, los detalles de su superficie se me ofrecían con una claridad tan asombrosa como inexplicable. La ausencia total de océanos o mares e incluso de lagos y ríos me pareció a primera vista el rasgo más extraordinario de sus características geológicas. Y, sin embargo, por raro que parezca, advertí vastas regiones llanas de carácter decididamente aluvial, si bien la mayor parte del hemisferio se hallaba cubierto de innumerables montañas volcánicas de forma cónica que daban una impresión de protuberancias artificiales antes que naturales. La más alta no pasaba de tres millas y tres cuartos, pero un mapa de los distritos volcánicos de los Campos Flegreos proporcionaría a vuestras Excelencias una idea más clara de aquella superficie general que cualquier descripción insuficiente intentada aquí. La mayoría de aquellos volcanes estaban en erupción y me dieron a entender terriblemente su furia y su potencia con los repetidos truenos de los mal llamados meteoritos, que subían en línea recta hasta el globo con una frecuencia más y más aterradora.

Dice la crítica literaria que “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” fue un ataque de Poe contra la sociedad holandesa que irritó a sus contemporaneos. Al leerlo, yo no entendí nada de eso porque no tengo ni idea de cómo era la vida en Rotterdam en la segunda mitad del XIX. Sólo me quedé fascinada por la aventura de un loco que vuela en globo hasta el satélite que más fantasía ha despertado desde los Incas hasta hoy y regresa para contar su hazaña con toda tranquilidad, como si volviera de aparcar el coche.

“La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” se puede descargar en este enlace.

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