The rise and fall of the creative under-class. O cómo empezar a llamar a las cosas por su nombre

“Los trabajadores culturales y cognitivos están acostumbrados a verse a sí mismos como una vanguardia y seguramente nos llevará toda una generación de proletarización y una nueva gran recesión persuadirles de que la organización colectiva (laboral y profesional) es de su interés en el largo plazo.” Quien habla así es el investigador y activista Andrew Ross que lleva casi una década analizando las condiciones de trabajo en la nueva economía creativa.


Edición revisada de “Funky Business”. Ahora con la coletilla “Forever. How to enjoy capitalism”. Toma candela.

Caigo sobre Ross ahora y es como un milagro porque pone negro sobre blanco las desconfianzas que me inspira esta retórica tan de moda sobre el traslado de la ética hacker al ámbito laboral. En las empresas ahora ya no quieren trabajadores como los de antes, obedientes y grises, de esos que dicen “yo trabajo por dinero, mi vida de verdad está fuera de la oficina”. El modelo antagónico a eso es el del hacker: una persona que adora lo que hace, no tiene horarios, es autodidacta e imaginativo y aprecia más la libertad y la independencia que la pasta. Y hoy las empresas lo dicen claro y alto: queremos trabajadores con espíritu hacker.

En este proceso ha sido clave la cultura de vida a lo Silicon Valley (una ojeada por cualquier artículo de Wired te puede dar una idea de lo que significa) y mucha literatura sobre nuevo management. En mis manos cayeron dos libros, ya hace años, que me empezaron a mosquear: “Funky Business. O cómo el talento mueve el capital” y “La ética hacker y el espíritu de la era de la información”, libro de cabecera para toda una generación de activistas digitales, y a la vez una biblia de los nuevos recursos humanos de corte cool y neoliberal. En ambos cantan la mona sobre una de las principales virtudes del espíritu hacker -la pasión- olvidándo curiosamente otra de ellas: la precariedad. El trabajador hacker es también el que no cobra, o cobra poco o cobra tarde, no tiene derechos laborales (ni los quiere porque está contra el sistema) ni protección, ni seguridad. Lo miremos por donde lo miremos el trabajador hacker es un chollo.

A lo que voy es que el modelo del trabajador hacker viene calcadito del sector de la cultura. Y os dejo con Andrew Ross que lo cuenta muy bonito, entrevistado por Geert Lovink para MyCreativity Reader. A Critique of Creative Industries“:

“En mi ensayo No-Collar: The Human Workplace traté de describir y diagnosticar estas condiciones de auto-explotación de los trabajadores cognitivos. Hoy todos los empleadores de la industria del conocimiento reconocen los beneficios de este tipo de trabajador ideal, que percibe el riesgo como un reto y un estímulo, que está acostumbrado a largas jornadas de trabajo a cambio de gratificación y que está dispuesto a entregar su tiempo libre y sus pensamientos a cambio de mobilidad y autonomía. La gente del arte siempre ha vivido con esa mentalidad y saben un par de cosas sobre la inseguridad que conlleva.

Ahora todo gira en torno a los trabajadores culturales, antes considerados completamente al margen de las fuerzas productivas y ahora cada vez más centrales como fuente potencial de valor económico. Durante décadas, las teorías culturales han ignorado las condiciones reales de trabajo de los agentes culturales. Hace años, hubiese sido un acto notable de previsión social imaginar que un día los artistas, los escritores y los diseñadores acabarían siendo vistos desde las instancias de gobierno como modelos de emprendedores para la nueva economía. Y sin embargo aquí estamos.

En la década de los 90 trabajé como investigador académico con asociaciones sindicales en Estados Unidos, sobre todo con sindicatos del sector industrial y de servicios. Fue loable pero a menudo signifió olvidar las cuestiones laborales de nuestro propio trabajo. En aquella época era difícil encontrar una audiencia que entendiera esa falta de reconocimiento y que teníamos que alertar a los movimientos laborales de los peligros de las emergentes industrias culturales, creativas y del conocimiento.

Poco tiempo después, los managers e ideólogos de la nueva economía fueron dando forma a la percepción general sobre cómo se produce la riqueza en el nuevo contexto económico, y los movimientos laborales se quedaron atrás, mordiendo el polvo. Los trabajadores del sector tecnológico ayudaron a dar glamour a la semana laboral de 24 horas y 7 días; el diseño, el arte y la arquitectura fueron celebrados como mecanismos para incrementar el valor de la propiedad inmobiliaria; la ética MyCreativity del amateur se convirtió en la base para un nuevo modelo de producción con precios reducidos que supo ver la oportunidad de explotar la cultura de la atención como mano de obra barata”

Este post responde fragmentadamente a años de leer Consultoría Artesana en Red, un blog que, a pesar de nuestras divergencias -o no: gracias a ellas- es una de mis mayores fuentes de inspiración.

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