"Hay un tipo de mujeres con las que te casas y otro tipo de mujeres a las que te follas" (refranero popular)


Hetera urinando en un skyphos, ca. 480 BC, Antikensammlung Berlin.

Antes de que me diera por el ciberpunk y todo eso, a mí lo que me ponía era el helenismo (de verdad que no soy una pedante, sólo una chalada verdadera). O sea, historias de griegos. Me fui a ver ruinas, me leí ensayos sobre la tragedia, la mitad de la Iliada que es un coñazo impresionante y “La Mitología” de Edith Hamilton dos veces (“la mitología más completa y citada del mundo en la que varias generaciones de lectores han encontrado las bases culturales y sentimentales de la sociedad occidental“, casi nada).

Pero no recordaba la historia de Alcestis, arquetipo clásico de La Buena Esposa y top of the pops del movimiento internacional de las sufridoras. Cuando a su esposo, el Rey Admetus, le dicen Las Parcas que tiene que morir, Apolo interviene para proponerle un deal: “salvarás tu vida si otra persona entrega la suya en tu lugar“. Su mujer Alcestis, asistente ejemplar, organiza una campaña de captación de víctimas. Pero por desgracia para ella, nadie responde a su llamada de modo que, ofendida por la cobardía de sus súbditos, hace lo que toda Buena Esposa sabe que debe hacer: ofrece su vida a cambio de la de su marido. Ya muerta y enterrada Alcestis, al Rey le entra sentimiento de culpa y pide ayuda al heroe de todos los heroes, Hercules, que se va al Hades, se pelea con La Muerte y le arrebata a la noble esposa que felizmente regresa al Reino de los Vivos para pasar el resto de sus días con su marido y sus dos niños.

Vale que el amor conyugal no da para mucha literatura porque lo más jugoso es lo que pasa antes y lo que pasa alrededor: la seducción, la conquista, los enredos, las traiciones. Pero otra cosa es que la única narración mitológica protagonizada por una Buena Esposa sea una lección de masoquismo. Bueno, la única no. También está Lucrecia que es el equivalente romano de Alcestis, con más sexo pero menos tragedia. Las demás arquetipas fememinas de la cultura popular, como sabe todo el mundo, son o unas putas o unas avariciosas. La moraleja de Alcestis, que ha trascendido por los siglos de los siglos y se ha grabado en nuestras cabecitas aunque no hayamos leido a Hamilton, (porque “la mitología somos todos”) es que una mujer accede al podio de la heroicidad si se deja matar para salvar a su marido. Sin embargo, si un marido se caga por la pata cuando vienen a buscarle Las Parcas y permite que maten a su mujer para no morir él, puede seguir viviendo y reinando cargado de honores, como si no fuera un cobarde hijo de puta. Ya lo dicen los antiguos:

Nada es más valioso para un hombre que su honor y nada es más virtuoso que una mujer que se comporta de un modo honroso para su marido.

La historieta la he rescatado de un libro precioso que me ha dejado una amiga: “I Don’t. A Contrarian History of Marriage” de Susan Squire. “I don’t” es un estudio histórico de la institución más popular y eficaz de todos los tiempos – el matrimonio- desde la Biblia hasta Lutero, que a ratos Squire analiza en perspectiva con su negativo: la prostitución. En las sociedades organizadas, ambas se entretejen para garantizar que el deseo y el sexo no se mezclen con los asuntos serios como el estatus, la reproducción y la protección del patrimonio. Los primeros se dejan en manos de las putas y las amantes; los segundos, en las de la esposa y la familia (lo de casarse por amor es un invento romántico, o sea bastante reciente pues sólo tiene unos ciento y picos años). El kid de la cuestión – la receta infalible para gestionar los asuntos de la vida con éxito y sabiduría- se resume en la conocida frase:

There is one kind of woman you marry, and another kind of woman you fuck.

En la sofisticada sociedad helénica existían unas figuras intermedias entre la trabajadora sexual y la dama de compañía, las heteras, como Friné, la amante de Praxíteles, o Targelia, difusora de la política persa en las antiguas sociedades del Mediterráneo. Las heteras eran las únicas mujeres realmente libres del mundo antiguo, algo así como las precursoras de las mujeres liberadas (que ahora, con el perfeccionamiento de la organización patriarcal, además dan los servicios de cama gratis). En la wikipedia:

Hetera o hetaira (en griego antiguo ἑταίρα) era el nombre que recibían en la antigua Grecia las cortesanas, es decir, una forma de compañía sofisticada mezclada con prostitución. En la sociedad de la antigua Grecia, las heteras eran mujeres independientes y, en algunos casos, de gran influencia, a quienes se les obligaba a utilizar vestidos distintivos y que tenían que pagar impuestos. Era un colectivo formado principalmente de antiguas esclavas y de extranjeras, y tenían un gran renombre en sus capacidades de danza y música, así como por sus talentos físicos. Existen evidencias de que, al contrario de la mayoría del resto de las mujeres griegas de la época, las heteras recibían educación. También es importante señalar que las heteras no sólo eran las únicas mujeres que podían tomar parte en los simposios, sino que sus opiniones y creencias eran además muy respetadas por los hombres.

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