Feminismo para dummies 2 | La vida doméstica

Quedarte en casa a blogear cuando en la calle hace 10 grados bajo cero no tiene ningún mérito. Pero ahora, después de tantos meses de semi-oscuridad y con lo que pasa ahí fuera, es otra cosa. En Berlin los cambios de estación son radicales y la primavera ha llegado con una contundencia que te reconcilia con el planeta. Es una tranquilidad comprobar que existe y está vivo, girando alrededor del sol como siempre (uf…). Por suerte un par de lectoras han mantenido activo este blog en mi ausencia, intercambiandose mensajes sobre la exposición de Eulalia Valldosera en el Reina Sofia (“éxito de crítica y público”).

Lo que viene a continuación es un collage de algunos fragmentos del capítulo “La mujer casada” de “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir que releo esta temporada (en pleno revival de feminismo primitivo, yeah). Traduzco y comparto la parte dedicada a la psicología del ama de casa como una nota a pie de página a esa exposición. Pero antes aclaro: Beauvoir escribe sobre las mujeres de la burguesía francesa en la posguerra y mucho de lo que cuenta ya no nos parece aplicable a nosotras. Hoy la casa ya no es el lugar de todas las mujeres, por suerte. Pero todas (todas) sabemos lo que significa. Lo hemos visto en nuestras madres, abuelas, tías, amigas un poco clasiconas, en las series de televisión, los anuncios, el cine, la literatura… La relación entre las mujeres y la vida doméstica forma parte de nuestra memoria colectiva. Y aunque muchas cosas hayan cambiado (sobre todo en el norte del mundo), algunos rasgos de los que describe Beauvoir son tristemente actuales.

El ideal de la felicidad siempre se ha materializado en la casa. Entre sus muros la familia se constituye en una célula aislada y afirma su identidad más allá de las generaciones. El pasado puesto en conserva en forma de muebles y retratos de ancestros prefigura un futuro sin riesgo. En la casa, ni el tiempo ni el espacio se escapan hacia el infinito sino que giran bondadosamente en círculo. En todas las civilizaciones fundadas sobre la propiedad inmueble hay una abundante literatura que canta la poesía y las virtudes del hogar. Esta es una preocupación específicamente femenina. El hombre considera los objetos que lo rodean como instrumentos, los dispone de acuerdo con el fin al que están destinados y no le interesa el interior porque encuentra una afirmación personal en sus proyectos. Su vida diaria le da acceso a todo el universo. La mujer sin embargo está encerrada en la comunidad conyugal. Para ella se trata de convertir su casa en un reino. Encierra entre sus muros la fauna y la flora, los paises exóticos, las épocas pasadas, encierra a su marido que resume para ella la colectividad humana y a sus hijos que representan, en forma portatil, todo el porvenir. Como un contra-universo, la casa se convierte en el centro del mundo e incluso en su única verdad. La casa es para la mujer el lote que le ha tocado en la tierra, la expresión de su valor social y de su verdad más íntima.

Hay pocas tareas que se parezcan más al mito de Sisifo que las domésticas. Día tras día, hay que fregar los platos, quitar el polvo, lavar la ropa. El ama de casa se limita a perpetuar el presente, no tiene la sensación de conquistar ningún bien positivo sino de luchar indefinidamente contra el Mal. Una lucha que se renueva cada día, un eterno presente inútil y sin esperanza. Todas las doctrinas de la trascendencia y la libertad subordinan la derrota del Mal al progreso del Bien. Pero la mujer no está llamada a construir un mundo mejor. La casa, la habitación, la ropa sucia, el parquet son cosas paralizadas y ella solo puede expulsar indefinidamente los principios nocivos que las atacan: el polvo, las manchas, la suciedad. Como si la vida no fuera más que promesa de descomposición. El gusto por las tareas domésticas proviene del deseo exasperado de reinar sobre un universo, de una exuberancia viva y de una voluntad de dominación que, a falta de objeto, cae en el vacio. Es también un desafio al tiempo, al universo, a la vida, a los hombres, a todo lo que existe.

Y sigue Beauvoir con la relación entre las mujeres y la cocina (esa ciencia), pero lo dejo para otra ocasión.
La foto es de Parker Day.

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