El advenimiento del varón gestante

¿Hay alguien que dude de que, si, en lugar de las mujeres fueran los hombres quienes se quedasen embarazados, el derecho al aborto se plantearía en unos términos totalmente distintos? Seamos simples. Todo el revuelo sobre el aborto se debe a que las que nos preñamos pertenecemos a una categoría de personas que, hasta hace bien poquito, ni siquiera eramos sujetos de pleno derecho.

Un par de extractos de “Mujer y dictadura franquista” de Manuel Ortiz Heras:
En 1958 y en 1961 se publicaron sendas leyes que, en el plano de la vida civil y laboral, introducían algunas reformas tímidas, asentadas en una premisa que, entonces, era absolutamente novedosa: la no discriminación por razones de sexo respecto a la capacidad jurídica de las mujeres, es decir, respecto a sus derechos y obligaciones. Pero se aclaraba que este principio de no discriminación hacía referencia a las mujeres ¡solteras! Porque las menores de edad (entonces hasta los veintiún años, aunque las hijas no podían abandonar el hogar paterno hasta los veintitrés años, “salvo para tomar estado”) estaban bajo la tutela de los padres y las casadas bajo la tutela de sus maridos.

¿En qué se traducía esta tutela? Por ejemplo, en que las mujeres no podían elegir por sí mismas una profesión y ejercerla, realizar ninguna operación de compraventa, firmar un contrato de trabajo o la apertura de una cuenta bancaria sin la correspondiente “autorización marital”. Por no poder, las mujeres casadas no podían no solamente disponer de sus propios bienes sin la autorización del marido, sino que ni siquiera podían disponer de sí mismas: cualquier cosa que quisieran hacer debía contar con la firma del marido. 
Eternas menoras de edad, eso es lo que hemos sido las mujeres para la ley hasta hace cuatro días. Y los vaivenes de la Ley del Aborto no son más que secuelas de estos regímenes no tan lejanos, que no es que aparezcan y desaparezcan como el río aquél, sino que, en cuanto sube la temperatura medio grado, descongelan sus aguas y vuelven a inundar, como torrentes desbocados, los viejos cauces legislativos y morales por los que siempre han transitado.

Pero no he venido aquí para hablar contra la reforma de la Ley del Aborto, sino a favor del embarazo masculino, que es mucho más fun. Atención, spoilers. “L´Évènement” es una peli de Jacques Demy de 1973 en la que Marcello Mastroianni, de tanto comer pollo transgénico, sufre una mutación hormonal y se queda embarazado. Consultados, los cientificos lo confirman: en efecto, los cambios en los hábitos alimenticios están transformando la especie y Mastroianni, aka Monsieur Mazetti, es sólo el primero de una nueva generación de varones gestantes. Alarma mundial.

M. Mazetti se convierte en un icono mediático. La empresa Prenatif, atenta al nuevo nicho de mercado, lo contrata como su nueva imagen de marca y cubre París de fotografías del nuevo hombre, panzón y ojeroso, pero elegante en su buzo de trabajo. Mme Mazzeti -aka Catherine Deneuve- que ya ha sido madre una vez y no tiene ganas de repetir, está encantada con el nuevo reparto de tareas. También sus vecinas y compañeras de trabajo, que reciben la noticia con entusiasmo y alusiones evidentes al famoso “Manifeste des 343 salopes”, que poco años antes había hecho tambalear el establishment moral de Francia (literalmente: el manifiesto de las 343 putas, redactado por Simone de Beauvoir y firmado por 343 mujeres con proyección pública -entre ellas la propia Deneuve- que reconocían haberse sometido alguna vez a una interrupción voluntaria del embarazo y reclamaban la despenalización del mismo). Esta es una de las escenas más claramente politícas y feministas de la película. La otra es cuando el Parlamento francés se reune de urgencia para promulgar un conjunto de leyes adaptadas a los nuevos tiempos. Entre vítores y aplausos, los guardianes de la República deciden por unanimidad fortalecer la red de guarderías públicas, revisar los protocolos de parto y, por supuesto, decretar el aborto libre, gratuito y cubierto por la Seguridad Social.

Demy tuvo mala suerte. Poco antes del lanzamiento de la película, los productores le obligaron a cambiar el final. La escena de Monsieur Mazetti espatarrado en una cama de partos con ojos de espanto, sudores fríos y grandes dolores, con la que Demy hubiese querido acabar el film, se convirtió, en la versión censurada, en… un mal sueño, del que despierta para descubrir que todo ha sido un error. Su embarazo era un delirio psicológico y el advenimiento de los hombres gestantes una falsa alarma. Las nuevas leyes que con tanto ímpetu revolucionario iba a promulgar el Parlamento son anuladas y el embarazo vuelve a ser lo que siempre fue: cosa de mujeres, cosa de sujetos con derechos-pero-menos y una permanente minoría de edad.

Incluso mutilada, la película sufrió el acoso de la crítica. Combat, el periódico de los buenos comunistas, la tildó de “parodia feminista” (mucho ciudado con el machismo de izquierdas). Y según cuentan en el libro del que saco esta historia, aún hoy se considera como la peor del director francés. En absoluto. Salvo el volantazo de los últimos cinco minutos, es divertida, inteligente y con mucho ritmo. El título completo es “El acontecimiento más importante desde que el hombre caminó sobre la luna” pero en España se distribuyó bajo la inexplicable cabecera de “No te puedes fiar ni de la cigüeña”. Un detalle, y una censura, más.
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