Esto es algo parecido a un diario de viaje. Subjetivo e incompleto. No he visto todo lo que hay, no cuento todo lo que he visto. Es solamente un rastro, porque no tengo ganas de hacer otras cosa pero también porque la propia exposición, lo que late dentro de ella, hace ridícula la idea misma de una crítica articulada. Pasé en dOCUMENTA (13) tres días; dos y medio dedicados a la exposición. Creo que es lo mínimo. Hice un dTour (los dTours en inglés son los sábados), asistí a un taller, no ví ninguna película (del interesantísimo programa de cine). A continuación, fotos, notas y, en el más puro estilo Visto en T.V., he marcado con llamativos corazoncitos rojos ♥ mis obras y situaciones favoritas. Sólo tengo una recomendación firme: no empieces la visita por ninguna de las sedes de siempre.
Se repite que esta edición de dOCUMENTA (13) carece de concepto. Es cierto si tomamos la palabra en el sentido más literal, como idea total que explica, justifica y contiene, si decimos concepto como sinónimo de construcción mental y abstracta desprovista de materialidad. dOCUMENTA (13) carece de concepto (de ese tipo de concepto que se atribuye para sí el arte contemporáneo) porque que desconfía -o más bien, se burla- de la razón, la dialéctica, la argumentación, los géneros, las genealogías y las disciplinas, el órden y la información.
Esta es una exposición de metabolización lenta pero, a su manera, ligera y disfrutona. Es una exposición para perderse y perder el tiempo, dejándose llevar por la resonancia de una sensación (de esas que te repercuten en el pecho como los tambores) y a lo mejor (pero ya por la noche) cavilar ella, sobre las formas que hemos inventado para poner en escena el mundo y aprender a pensar como se aprende un lenguaje: copiando, con el cuerpo y por intuición.
Dibujos de manzanas KZ-3, también conocidas como manzanas Korbinian, por el nombre del pastor protestante Korbinian Aigner, que las creó en el campo de Dachau donde estuvo prisionero durante la Segunda Guerra Mundial ♥.
Los cubos blancos del Friedricianum quedan reducidos a su condición de depósito: cadáveres y tumbas en lo que debería ser el centro neurálgico de la exposición.
En las dos enormes primeras salas del Friedricianum (sede histórica de la dOCUMENTA, con esa arquitectura solemne, falsamente clásica, de la Ilustración) no hay apenas nada. Unas discretas esculturas de Julio González, como olvidadas contra la pared; una instalación sonora (dos altavoces diminutos); una esquina en la que sopla el viento; y una carta del artista Kai Althoff a la comisaria en la que explica, en un tono embarazosamente íntimo, las dificultades personales que le impiden participar ♥.
En la rotonda del primer piso –The Brain, el cerebro de la exposición-, y tras esperar una cola que el fin de semana puede llegar a durar casi una hora, se descubre con cierto estupor una colección de piezas de valor desigual, inmobilizadas en su condición de fetiche, cuya importancia radica en su capacidad para evocar aquello que no está: una persona, un acontecimiento, otra obra (de arte o no). Registros documentales o de interés arqueológico, obras de la antigüedad, obras estropeadas, obras perdidas, obras robadas. En los pisos siguientes, documentación de happenings, un aula de trabajo, un pequeño salón en penumbra, tapices y terracotas, un depósito de arte africano, un poco de vídeo, alguna instalación.
Cola de visitantes para acceder a The Brain; tapiz de la artista sueca Hannah Ryggen, fallecida en 1970, que desde la década de los treinta denunció con sus obras el auge de los fascismos en Europa; salón para seminarios; espacio dedicado a la educación práctica y teórica sobre física cuántica a cargo del científico Anton Zeilinger.
Instalación fotográfica de Goshka Macuga, parte de la cuál se encuentra, a modo de espejo, en Kabul ♥. Otra recomendación para el Friedricianum: la instalación del artista franco-argelino Kader Attia ♥.
En contraste, los espacios altamente significados (como la estación central, la biblioteca juvenil o los bunkers de la Segunda Guerra Mundial) albergan las obras más espectaculares, las que normalmente -en una exposición convencional- serían mostradas en entornos asépticos, sin sentido añadido, sin situación, sin interferencias.

Susan Philipsz. Instalación sonora basada en una composición de Pavel Haas, escrita durante durante su reclusión en el campo de concentración de Terezín en 1943. Haas murió en Auschwitz en 1944 ♥.
De Hauptbanhof -la antigua estación central que en esta edición es una de las sedes periféricas pero clave de la exposición- partieron entre 1941 y 1942 cientos de miles de judíos, deportados a los campos de Auschwitz y Terezín. También durante la Segunda Guerra Mundial fue el lugar desde el que se enviaban al frente los famosos tanques Pranzer y Tiger, fabricados por empresa local Henschel und Sohn, lo que convirtió a Kassel en un objetivo estratégico durante los bombardeos aliados.
El 90% de Kassel fue destruido durante la guerra. Los interiores de la estación, como los de muchos otros edificios emblemáticos de la ciudad, fueron reconstruídos en los cincuenta y aún conservan la estética característica de aquellos primeros años de la guerra fría. En 2012 la antigua Henschel und Sohn, que ahora pertenece a la canadiense Bombardier, ha cerrado con Arabia Saudí un contrato de suministro de tanques, que serán fabricados en la planta de Kassel (que sigue donde siempre ha estado, en el bosque detrás de la estación).
El bar del ala norte de Hauptbahof.








